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日志


10月27日

CANTAR EN EL DESIERTO

 

El hecho de que cante en el desierto no debería asombrar a nadie, pues muchas personas lo han hecho desde el principio de los tiempos, cuando todo era arena (también el cielo) y los océanos estaban helados.
Sabemos que cantaron en el desierto, pero no los escuchamos, por lo cual, hasta cierto punto, podríamos decir que cantaron para sí mismos, aunque ése no era, en principio, el destino de su canto.
Puesto que no los oímos, también podríamos dudar de que efectivamente hayan cantado; sin embargo, estamos seguros de que sus voces se elevan o se elevaron por encima de las arenas del desierto, con esa clase de certeza que nos permite afirmar que la Tierra es redonda, sin haber visto su forma, o que gira alrededor del Sol, sin que en los hechos, nos demos cuenta de que nos movemos. Es la clase de convicción que nos hace suponer que han cantado en el desierto, a pesar de no haberlos oído. Por ser el canto una de las aptitudes de la gente y porque existen los desiertos.

Ella canta a media voz. Las arenas son blancas, y el cielo, amarillo. Está sentada en un médano, a poca altura, con los ojos cerrados, y el polvo le cubre el cuello, las pestañas, los labios por donde escapa un hilo de voz como un licor sobre la tierra reseca. Canta sin que nadie la escuche, a pesar de lo cual, estamos seguros de que canta, o de que ha cantado alguna vez.

 

 

Con seguridad el hilo de su voz se pierde casi de inmediato en el espacio amarillo que la rodea, sin vibraciones. Y el Sol, que chupa con voracidad las pocas gotas de agua de un lago próximo, se bebe las notas de su canto con furor. No por eso ella deja de cantar, ni tampoco eleva la voz: continúa cantando en medio de las arenas blancas, de las pirámides de sal que se elevan como templos de una divinidad ciega y obtusa. Las arenas, que han devorado a más de un camello y su jinete, ocultan las notas de su canto. Pero al otro día (o a la otra noche, porque si bien no lo oímos, podemos suponer que también canta bajo el cielo oscuro, en la soledad del desierto) ella vuelve a elevar la voz. Tanta insistencia no sorprende a nadie, pues parece algo intrínseco al canto, y a veces, intrínseco al desierto. A tal punto que nos sería difícil imaginar un desierto sin una mujer apostada sobre un médano, cantando, sin ser escuchada.
La naturaleza del canto nos es desconocida, aunque estamos persuadidos de que el canto existe. Cuando ella baja a la ciudad (porque no siempre está en el desierto: a veces comparte la vida de nuestras ciudades y ejecuta los actos convencionales que venimos repitiendo desde nacidos) la aceptamos como una habitante más, porque en realidad, nada la distingue de nosotros mismos, salvo el hecho de que canta en el desierto: algo que podemos olvidar, puesto que nadie la oye. Cuando vuelve a desaparecer, suponemos que ha regresado al desierto y que en medio de las arenas blancas y el cielo como un océano, ella alza la voz, eleva su canto que como una gota de agua caída del espacio, el médano se traga.

Relato de Cristina Peri Rossi

 

(de mujerpalabra.net)

 

Y a mi me gusta cantar en el desierto... ese donde paso varias horas al día, quizás por eso me gustó el relato, porqué me vi cantando entre montañas, aunque las mias eran de papel.


 

11月23日

FUNDACIÓN DE LOS CUENTOS DE HADAS...

 
 

En la primera mitad del siglo diecisiete, Jaime I y Carlos I, reyes de Inglaterra, Escocia e Irlanda, dictaron unas cuantas medidas destinas a proteger la naciente industria británica. Prohibieron la exportación de lana sin elaborar, hicieron obligatorio el uso de textiles nacionales hasta en la ropa de luto, y cerraron la puerta a buena parte de las manufacturas que provenían de Francia y Holanda.

A principios del siglo dieciocho, Daniel Defoe, el creador de Robinson Crusoe, escribió algunos ensayos sobre temas de economía y comercio. En uno de sus trabajos más difundidos, Defoe exaltó la función del proteccionismo estatal en el desarrollo de la industria textil británica: si no hubiera sido por esos reyes que tanto ayudaron al florecimiento fabril con sus barreras aduaneras y sus impuestos, Inglaterra hubiera seguido siendo una proveedora de lana virgen a la industria extranjera. A partir del crecimiento industrial de Inglaterra, Defoe podía imaginar el mundo del futuro como una inmensa colonia sometida a sus productos.

Después, a medida que el sueño de Defoe se iba haciendo realidad, la potencia imperial fue prohibiendo, por asfixia o a cañonazos, que otros países siguieran su camino.

__Cuando llegó arriba, pateó la escalera __dijo el economista alemán Friedrich List-

Entonces, Inglaterra inventó la libertad de comercio: en nuestros días, los países ricos siguen contando ese cuento a los países pobres, en las noches de insomnio.

 

                                                                                                      “Espejos” E, Galeano.

 

 

Y actualmente nos siguen contando cuentos y mas cuentos y nosotros cerramos los ojos y nos quedamos dormidos, mientras ellos nos patean el trasero….( a veces puedo ser muy fina y educada jeje).

 

 

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6月11日

MAS DE LA CONDESA BÁTHORY

   

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  Erzsébet Bathory

 

"la condesa sangrienta"

 

MUERTE POR AGUA

 

Está parado. Y está parado de

modo tan absoluto y definitivo

como si estuviese sentado.

 

W. GOMBROWICZ

 

 

El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de su séquito.

Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una joven herida y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña herida huye, es perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue andando aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada. Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.

 

 


 

 

Según todos los entendidos esta condesa existio realmente,hungara de nacimiento... aunque mas que condesa por lo visto fue un verdadero monstruo...ya puse anteriormente otra entrada acerca de sus hazañas...volví a encontrarla y de verdad que asusta cuando lees su historia...parece todo como tan irreal...de todas formas me alegro cantidad no ser de su época ni de su entorno, a saber lo que la tipa esta hubiera hecho...!!glup¡¡

 

 

12月16日

ASNOS ESTÚPIDOS

 
 

Que frío por dios, se me congela hasta el pensamiento…..y eso que yo soy de las que usan todos los cachivaches habidos y por haber para combatir el frío…pero ni por esas…y lo peor es que se avecina más…el único que parece no tener frío es Michi que sigue dando por culo para que le abra la ventana…parece un gato polar.

En fin que el resultado es una falta total de imaginación, bueno supongo que el frío no es el único causante y que esto va a días, tampoco voy a darle muchas vueltas, las ideas y las ganas volverán cuando tengan que volver…

 

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Asnos Estúpidos

 Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos.
 Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la

madurez y poseían méritos para formar parte de la Federacion Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados anteriormente: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado.

La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biodísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo.

Sin embargo, en el libro pequeño no había habido que tachar jamás ninguno de los nombres anotados.

 En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantaba la vista, notando que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-.¡Gran señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo. Estupendo. Actualmente ascienden muy aprisa.

Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son ésos?

 El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron-. Lo conoco. -Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

 Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord.

Ningún otro grupo ha pasado de la inteligencia a la madurez tan rápidamente. No será una equivocación, espero.

- De ningún modo, señor - respondió el mensajero.

- Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ése es el requisito. -Naron soltaba una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los Observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

 Naron quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear,¿dónde realizan las pruebas y  las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Sí, señor.

 Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable como nadie en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos!- murmuró.

                                                                                                               Isaac Asimov.

 

 

 

8月18日

LA MUJER DE LINARES

 
 
 

Daisy A. de Linares despertó una noche de junio para no dormirse nunca más. La muerte del sueño llegaría tarde a su conciencia, día tras día, hora tras hora, por negros pasadizos de angustia, pero ocurrió esa noche, como la voladura de un puente: primero la explosión, luego el humo, finalmente el vacío.

    Se encontró sentada en la cama, sin aire y temblando de estupor. Instintivamente había puesto una mano sobre la espalda de Linares. La retiró con una brusquedad no menos instintiva. Espantada, comprendió que el primer movimiento en busca del cuerpo de Linares pertenecía al pasado y al amor, el segundo a la repugnancia. Y se sintió caer en esa leve raya trazada por la fatalidad como en una grieta cuya hondura alcanzaba el centro de la tierra.

    Cuando pudo salir, vio que ya había prendido el velador, ya se deslizaba fuera de la cama, del dormitorio, hacia la sala, apretando llaves de luz, tiritando de frío en un camisón demasiado liviano, rogando que Linares no se despertara.

    Estaban en Berlín y era junio. Se dio cuenta de que repetía en voz baja Berlín y junio como mensajes que le ordenaban transmitir y que temía olvidar. Pensó en la sonrisa divertida de Linares si pudiera escucharla, en la tutela afectuosa de Linares sobre los tropiezos que daba, en la gracia con que Linares narraría a los amigos otra anécdota más, otro párrafo para la antología titulada Mi mujer, edición de autor que circulaba adherida a los libros de Enrique Linares, el famoso escritor, y también pensó, inconsecuentemente, en su terrible vergüenza de una tarde, cuando Linares dijo en público, riendo, mientras la abrazaba:

    –Me llama Linares, como una señora de barrio.

    La mujer de Linares tenía treinta y dos años, aparentaba poco más de veinte. Las hijas sorprendían como hermanas menores de aquella chica rubia, baja, menuda.

    No era hermosa. Era apenas bonita y sabía, sin entristecerse, que el contraste de los grandes ojos castaños con ese pelo de oro, la regularidad de los rasgos, la buena figura, sólo llamaban la atención un momento, como las flores que adornan una mesa antes de la comida.

    No era inteligente. Le había costado mucho aprender algo de inglés, algo de francés, para desenvolverse sola en las ciudades donde años atrás acampaban con Linares (sofás prestados, departamentos provisoriamente vacíos, hospedajes misérrimos) y donde ahora residían, con holgura, hasta con una moderada exhibición de lujo.

    No era culta. Aunque le gustaba leer y lo había hecho, a saltos, afirmada en la robusta erudición de Linares, se perdía en cierto humor, cierta ironía, cierto lenguaje, como una polilla golpeándose las alas contra los filamentos de la lámpara. Pero podía jactarse de su buena salud.

    Aquel cuerpo de escaso tamaño, femenino hasta el borde de la caricatura, tenía una resistencia de leñador. Había soportado inviernos de Madrid en piezas sin calefacción cuando el hielo destrozaba las cañerías, ella y su hija mayor, entonces la única, abrazadas en la cama bajo mantas y un viejo tapado de piel, mientras Linares, que no podía escribir, buscaba calor y consuelo emborrachándose en las tascas. Contactos, le explicaba Linares, y ella pensaba que lo hacía por ella. No los libros espléndidos sino la caza nocturna de amigos influyentes. No la obra sino el aprendizaje de una guerra resumida en la palabra abstracta, contactos, que los pondría de pie en el mundo, que los puso, y que luego se borró de la conversación de los dos como una palabra obsoleta.

    La mujer de Linares era simple y alegre. Linares no se cansaba de elogiar su risa fácil, las pobres cosas que la divertían, la rapidez para olvidar las bromas esquivas, las alusiones en voz baja o voz alta, según el grado de confianza o de histeria, al lastre conyugal de Linares, que Linares y sus amistades, hombres y mujeres de psicología muy compleja, sin pudor, sin mala voluntad, repetían en monótona sucesión, cambiando de papel, de idioma, de escenario, pero nunca de tema (el misterio de que un escritor como Linares soportara una mujer tan tonta) en el trascurso de los años que llevaban juntos.

    Sin ese carácter, o ese don, como lo llamaba Linares, ?qué hubiera sido del amor de jóvenes que unió un verano de Buenos Aires a la chica preciosa, ignorante empleada de comercio, genes de ama de casa, y al muchacho alto, apuesto como un príncipe de novela y también furiosamente intelectual, ya desdichado, ya escritor, incipiente promesa y colaborando en revistas que morían en el segundo número?

    Ella nunca dudó de que serían felices en España, aunque lloró en brazos de la madre cuando debió anunciarle el viaje y soportó la hosca acusación del padre porque se iban sin casarse, aunque la aterraba lo que vendría y vino. Los trabajos mal pagos, las deudas que Linares contrajo en seguida, la desesperación de Linares, las semanas enteras con Linares tirado en la cama, hundido en los vapores de su abatimiento, insultando ebrio, suplicando lúcido, amándola a rachas, tal como escribía, por inspiración, por extravío, porque simplemente le daba la gana, mientras ella limpiaba, lavaba, cocinaba y ganaba el sustento de los dos favorecida por una cabeza sin enredo, una tenacidad que no caía bajo el embate de las imaginaciones y la ayudaba a tomar el ómnibus todas las mañanas a Madrid, todas las noches de vuelta a El Escorial, abriendo y cerrando el tosco círculo de ocho horas de recepcionista con sueldo en negro.

    No era celosa. Si alguna admiración despertaba en los amigos de Linares, la debía a esa virtud tan rara en las mujeres. Más que tolerar aceptaba, con una sabiduría a la que se mezclaba la inocencia, que un hombre inteligente, buen mozo y célebre, atrajera a otras más inteligentes, más hermosas y célebres que ella. Por otra parte, Linares se aplicaba en no ofenderla.

    Salvo cuando bebía demasiado o no podía escribir, ocultaba generosamente sus amores y ella había tardado (ya no) en descubrirlos o que se los descubrieran, como las nostálgicas, muy detalladas cartas de la estudiante del curso que dictó Linares en Ohio, la voz en el teléfono del hotel de Colonia que llorando le rogó que dejara en paz a Linares, la progresiva traducción de compromisos nocturnos, viajes y ausencias de Linares a cuerpos abrazados. Un cuerpo era el del hombre que irremediablemente, amorosamente, volvía a ella. Del otro cuerpo Daisy apartaba la vista.

    Era una madre cariñosa. Las chicas la hubieran comprendido sin esos cambios de un país a otro, de una casa a otra casa, y si Linares no creyera a pi e firme que consintiendo los caprichos de las hijas ganaba un punto de favor sobre los torpes desvelos de la madre, si en nombre de la libertad no estimulara las rebeliones infantiles hasta convertirlas en estallidos de odio contra la carcelera, motines combinados con el sometimiento y el desprecio.

    Linares adoraba a las chicas, insólito en Liñares, que todavía era como un niño y no podía ocuparse de otros niños, nunca se había ocupado, pero era tan bueno en los juegos, en los mimos, en la adhesión casi física a esas miniaturas de ella, como solía describirlas, al punto de jurarle una noche, durante una pelea, que si lo abandonaba tendría que irse sola.

    La mujer de Linares era agradecida. Siempre creyó en el talento de Linares, creyó que cuando al reconocimiento público se sumara la prosperidad, él se haría cargo con largueza del bienestar de ambos. Linares cumplió y ella lo agradecía.

    Linares tenía ingenio, además de buen gusto, para hacerle regalos, se acordaba de fechas absurdas, la sorprendía con una caja enorme y una diminuta alhaja adentro o imposibles ramos de rosas. También agradeció la autoridad que empleó Linares en ayudarla a vestirse mejor, a expresarse mejor, a no humillarlo ante las nuevas relaciones que les impuso la consagración de Linares. Le agradeció el cambio de su trato, Linares era más blando ahora, de los furores irracionales de antes apenas conservaba la mirada rápida, iracunda, la frase desdeñosa si había gente con ellos, y algún estallido de violencia doméstica, un jarrón destrozado, un par de copas, un insulto procaz, cuando quedaban solos. Frecuentemente le decía:

    –Nunca amé a otra mujer en mi vida, Daisy A. de Linares.

    Ella tampoco había amado a otro hombre, aunque hacía tanto que él no la quería. Lo había amado con la naturalidad animal con que dormía, acomodándose en el amor como se acomodaba en su lado de la cama, confiada en el amor que sentía por Linares como confiaba en el sueño que la bajaba suavemente a la almohada para borrar del cuerpo, noche a noche, todas las cicatrices de fatiga.

    Hasta esta noche.

    Era junio y estaban en Berlín. Débilmente, casi con timidez, murmuró:

    –Es junio y estamos en Berlín.

    Se acercó a la ventana, descorrió la cortina, miró la calle. No había nadie a esa hora, las dos o las tres de la mañana.

    Fue entonces cuando Daisy A. de Linares, abrumada por el peso de la verdad, dejó caer la cabeza entre los brazos ateridos y lloró silenciosamente, para no despertar a Linares, la muerte del amor, anunciada por la muerte del sueño.

    Una muerte que veló en secreto durante largos meses a partir de esta noche, dejándose engañar de tanto en tanto por un reflejo de ternura, por unos minutos de sopor, hasta el día en que sobrepuesta del duelo, tomó sin escandalizarse la ya cotidiana pastilla, la valija, el pasaporte, el avión de regreso a Buenos Aires.

    El asombro, el dolor y las hijas, quedaron con Linares.

 

Vlady Kociancich

 

De “Cuando leas esta carta”

 


 

Hay tantas mujeres de Linares esparcidas por el mundo...no se puede gastar la vida en un sueño eterno...

Me gustó mucho este relato, por eso lo tomé prestado, aunque conozco el inconveniente del tamaño, no me importa, pues no siempre las cosas que gustan han de ser breves...

 

6月7日

UNA DE HORMIGAS....

Siempre salgo la primera…a las 7 ni un minuto más ni uno menos…y siempre me toca esperar fuera a que salga la compañera con la que regreso a casa…la entrada principal tiene lo que debería ser un jardín, pero se ha convertido en selva poco a poco...unos árboles, unos matojos, flores bien silvestres, mariquitas, conejos, topos…y hormigas…nos han invadido las hormigas…y hoy me dedicaba a observarlas mientras esperaba fumando un cigarro…joder como curran las hormigas, parecen chinos…pa mi que son exportadas de Asia…creo que andan de traslado, nunca había visto tanto hormiguero por allí…no paran ni un momento, todas corren por el mismo camino, todas van con prisas, así que se pegan cada piña..si una decide tomar un atajo, después la ves que va toda despistada, ahora para aquí ahora para allá…hasta que vuelve a encontrar el camino...en realidad el atajo no le ha servido de mucho…quizás una piña menos, pero poco más...no se cuantas horas deben currar las hormigas…me preguntaba yo si tendrían enlace sindical que vele por sus derechos..o si están aseguradas contra los accidentes laborales…porque mira que se dan ostias…desde luego son muy rudimentarias…para el trabajo no usan maquinaria…para desplazarse no tienen vehículos, así pues tampoco hay semáforos...ni paso de hormigas…pero nadie puede negarles su constancia...su tozudez…o su poco cerebro…en esas estaba cuando me acordé de cierto relato sobre hormigas…que me gusto mucho…y me dejo un poco pallá….

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    LA HORMIGA

Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

    (Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)

del libro "Falsificaciones", de Marco Denevi. (Argentina)

Tachinnnnnnnn¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ a que se queda un cuerpo raro...y es que la cosa es así...lo desconocido agobia, asusta y por supuesto si sale algún listillo que pueda abrirnos los ojos y resquebrajar el orden establecido...se le aniquila rápido...politica pura y dura como la vida misma....claro que..puede tener varias visiones o versiones, depende de que lado giren las ideas, lo que si es cierto es que siempre se domina o se manipula mejor...al que menos sabe y al que menos ve...y si no...que cada uno saque sus propias cunclusiones...

5月28日

ROMEO FRENTE AL CADÁVER DE JULIETA

  

de Georges Cahoon

Cripta del mausoleo de los Capuletos, en Verona. Al levantarse el telón, la cripta, en penumbras, deja ver un túmulo, y, sobre éste, el cadáver de Julieta.
   Entra ROMEO con una antorcha encendida. Se acerca al túmulo. Contempla en silencio los despojos de su amada. Luego se vuelve hacia los espectadores.
    ROMEO.-¡Era, pues, verdad! ¡Julieta se ha suicidado! Veloces mensajeros, oculto el rostro chismoso tras la máscara de un falso dolor, corrieron a Mantua a darme la noticia. Pero, junto con la noticia, hacían tintinear en el aire la intimación de que volviese, la amenaza de que, en caso contrario, me traerían por la fuerza. Todos se despedían de mí con el mismo adiós: "Romeo, ahora sabrás cuál es tu deber". He comprendido. He vuelto. Aquí estoy. No he encontrado a nadie en el camino. Nadie me estorbó el paso para que llegase a este lúgubre sitio y me enfrentase a solas con el cadáver de Julieta. Excesivas casualidades, demasiada benevolencia del destino, sospechoso azar. Alcahuetería de la noche, ¿Cual es tu precio? Los que te han sobornado ahora me espían, huéspedes de tu sombra. Aguardan que les entregues lo que les prometiste. ¿Y qué les prometiste, noche rufiana? ¡Mi suicidio! Así podrán dar por concluida esta historia que tanto los irrita y que, en el fondo, los compromete de una manera fastidiosa. Julieta ya ha escrito la mitad del epílogo. Ahora yo debo añadirle la otra mitad para que el telón descienda entre lágrimas y aplausos, y ellos puedan levantarse de sus asientos, saludarse unos a otros, reconciliarse los que estaban enemistados, tú, Montesco, con vos, Capuleto, y luego volverse a sus casas a comer, a dormir, a fornicar y a seguir viviendo. Y si no lo hago por las buenas, me obligarán a hacerlo por las malas. Me llamarán Romeo de pacotilla, amante castrado, vil cobarde. Me cerrarán todas las puertas. Seré tratado como el peor de los delincuentes. Terminarán por acusarme de ser el asesino de Julieta y alguien se creerá con derecho a vengar ese crimen. O escribo yo la conclusión o la escribirán ellos, pero siempre con la misma tinta: mi sangre. De lo contrario la muerte de Julieta los haría sentirse culpables. Suicidándonos, Julieta y yo intercambiamos responsabilidades y ellos quedan libres. (A Julieta.) ¿Te das cuenta, atolondrada? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Tenías necesidad de obligarme a tanto? ¿Era necesario recurrir a estas exageraciones? Nos amábamos, está bien, nos amábamos. Pero de ahí no había que pasar. Amarse tiene sentido mientras se vive. Después, ¿qué importa? Ahora me enredaste en este juego siniestro y yo, lo quiera o no, debo seguir jugándolo. Me has colocado entre la espada y la pared. Sin mi previo consentimiento, aclaro. Nací amante, no héroe. Soy un hombre normal, no un maniático suicida. Pero tú, con tu famosa muerte, te encaramaste de golpe a una altura sobrehumana hasta la que ahora debo empinarme para no ser menos que tú, para ser digo de tu amor, para no dejar de ser Romeo. ¡Funesta paradoja! Para no dejar de ser Romeo debo dejar de ser Romeo. (Al público.) Esto me pasa por enamorarme de adolescentes. Lo toman todo a la tremenda. Su amor es una constante extorsión. O el tálamo o la tumba. Nada de paños tibios, de concesiones, de moratorias, de acuerdos mutuos. Y así favorecen los egoístas designios de los mayores, que aprovechan esa rigidez para quebrarles la voluntad como leña seca. (Otro tono.) Ah, pero yo me niego. Me niego a repetir su error. Todo esto es una emboscada tendida con el único propósito de capturarme. Señores, miladis, rehúso poner mi pie en el cepo. Amo a Julieta. La amaré mientras viva. La lloraré hasta que se me acaben las lágrimas. Pero no esperéis más de mí. No me exijáis más. La vida justifica nuestros amores, en tanto que ningún amor es suficiente justificación para la muerte. Buenas noches.
   (Arroja la antorcha en un rincón, donde se apaga; se emboza la capa y sale.
   La escena queda sola unos instantes. Luego entran dos PAJES conduciendo el cadáver de ROMEO con una daga clavada en el pecho. Lo depositan a los pies del túmulo. Uno de los PAJES coloca una mano de ROMEO en la empuñadura de la daga. Se retiran.
   Entra FRAY LORENZO. Cae de hinojos. Alza los brazos.)
    FRAY LORENZO.- ¡Oh amantes perfectos!

Telón

 

 

 

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Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi
vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la
noche, déjate caer y doler, mi vida.

A. Pizarnik

 


Se nos presenta aquí un Romeo más amante que nunca...de la vida, un Romeo en el que no entran en sus planes el suicidio por amor por muy Julieta que ella sea, pero que irremediablemente esta prisionero de su historia...y es que a veces pasar a ser historia tiene un precio muy alto...

Ante el descaro egoistamente humano de Romeo, busqué unas palabras que bien pudieran salir de la boca de Julieta, al escuchar a su temeroso amado...y me acordé del poema de Alenjadra Pizarnik...

5月11日

BETTE DAVIS EN EL CUARTO DE BAÑO

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    Rudy corrió hasta el baño apenas terminamos. Me empezó a molestar esa costumbre suya, deliberadamente bestial, de enjuagarse mientras la última gota de semen le chorreaba entre los testículos. Me dejó tirada en la cama sin siquiera tiempo para advertir la calidad de su orgasmo. En el mejor de los casos, él debió haber supuesto que yo ya había tenido lo mío, esa chance de grititos entrecortados y efímera felicidad. Sorete, murmuré esa vez, las cosas no van a quedar así . Fue un pensamiento imbécil. Me sentía incapaz de hacer nada. Por supuesto, yo había acabado. Pero esa no era la cuestión -me pasaba con frecuencia ante ciertos estímulos-: que saliera eyectado de la cama de ese modo era algo imperdonable, poco sutil y falto de glamour. No esperaba una escena romántica. Sólo un gesto convencional e hipócrita, la cortesía moderna del postcoito. Su fobia era como la un manual escolar muy básico, pero sobre todo me daba fastidio su falta de sinceridad. Honesto hubiese sido vestirse y atravesar la puerta con un esbozo de saludo. Lo de él fue una demostración de un mal gusto intolerable. Y de improvisación, cero de estrategia. La impunidad de las bestias. Este tipo , pensé, me da vergüenza .
    A esta altura de la vida estaba lejos de la queja, la melancolía o la autocompasión. Había visto cosas peores. Rudy no era un mal tipo. Era apenas un hombre obvio. No me alteré: sabía que en unos minutos ya estaría fuera de mi departamento y, claro, de mi vida. Me equivocaba. Un sonido de agua me anunció que su lamentable estadía iba a durar por lo menos, unos cuantos minutos mas. Se estaba duchando. Mejor que se fuera limpio.
    Decidí distraerme. Agarré todos los controles remotos que suelo tener al lado de la cama -en el piso, acomodados sobre mi alfombra gris, pulcra como pocas- y los usé para que servían. Musica: un cidí de Orb hizo que gruñiera un cerdo. Perfecto. Tevé: un canal de cable transmitía una película con Bette Davis, me pareció que era La carta . Le saqué el sonido y la dejé adornándo con sus destellos las paredes oscuras de la habitacion. Me puse boca abajo, sólo concentrada en los graznidos de la música ambient. Podía olerlo o, mejor, podía reconocer el inconfundible olor a mango de mi jabón favorito. Con mi toalla negra envolviéndole el cuerpo, Rudy volvía a mi dormitorio. Cómo me gustan estas toallas gruesitas , me alabó, con una alegría infantil que me pareció patética.
    Azorada lo ví volver a meterse en el baño. El ruido del secador de pelo flagelaba la música y me hacía sentir incómoda. Que mierda se está secando si es casi pelado . Quería que se fuese de una vez. Sucio, con olor a mí o a que le sudase de la piel: lo quería afuera, en particular de mi baño y en general de mi casa. Todo había sido puro y simple morbo. ¿Por qué continuarlo con una sesión prolongada en mi baño? Todo este rito me fastidiaba. Puerta, ya mismo, puerta , pensé, como en tantos otros nomentos y, como siempre, no me animé a decirlo.
    ¿Cuántas veces lo habíamos hecho? Siete, diez, doce. Seguro que más de una. No tendría que haber existido ni una segunda, pero alli estaba, instalado como si hubiéramos tenido una relación en vez de un prolongado malentendido. Tendría que haber sentido lástima por mi impotencia, pero la soberbia no me daba tregua. Mientras le ponía volumen a la tevé, un pensamiento empezó a machacarme la cabeza. Rudy estaba pasando más tiempo en mi baño que en mi cama.
    Al rato apareció por el dormitorio y, como al descuido, me lo largó. Se quemó. Igual era de los baratos. En cualquier parte conseguís uno por diez dólares . No sólo me había quemado el secador sino que tenía el descaro de pasar por alto las disculpas y de refregarme que había comprado un electodoméstico barato.
    Rudy tenía que volver a la candidez de su hogar con buen olor y bien peinado. Estaba casado. Así que lo del baño duró un rato más. Me importaba menos su mujer que el amor inexplicable que le tengo a cada uno de mis objetos. No pude tolerar la idea de que él hubiese destruído alguno de ellos de una manera definitiva, brutal y para siempre. Fui hasta el baño. Sacudí el secador, lo apagué y lo prendí con insistencia, pero nunca más volvió a funcionar. Estaba irreversiblmente roto. Lo miré con desprecio, a mi secador y de paso también a Rudy, que ahora había agarrado mi gel nuevo que deja el pelo siemprehúmedo y, sin exageración, estaba terminándose el pomo.
    Volví al dormitorio con ganas de llorar. Desde la tevé, Bette me miraba fijo con una de sus inolvidables caras malditas. Entonces se me ocurrió. Estaban junto a mis controles remotos. No fue difícil. Los agarré tratando de no hacer ruido; en uno de los bolsillos traseros Rudy guardaba dinero suelto. Esta vez no tenía mucho, doscientos pesos y monedas. No quería abusar: tomé cien. Podría reponer mi secador y quizás comprarme algo más, alguna bombacha cara o las flores que a Rudy nunca se le había ocurrido traerme. En ese momento, de algún modo, yo era como una prostituta. Nunca había esperado una recompensa en metálico, pero como no había ninguna otra clase de recompensa, el dinero me calmó. Quizás por haber correteado de chica entre monjas, me dio un poco de vergüenza. No sentí, sin embargo, la necesidad de pedir perdón.
    Rudy finalmente se fue. Mientras se vestía sentí el temor que debe atormentar a los criminales después de cometer un delito. Pero no pasó nada. Rudy atravesó la puerta y seguí disfrutando de la película. Más que antes. Cuando el cartel de The End se imprimía en la pantalla, sonó el teléfono. Desde su celular, Rudy me preguntaba sin ningún tipo de prólogo si no se le habían caído cien pesos en mi alfombra. Querido, le dije, si recolectás palmitos en Brasil durante mil horas, seguramente podrás recuperarlos. Le corté sin epílogo y eché su billete por el inodoro: sólo quería fastidiarlo. Esa fue la primera vez. Ahora lo único que espero es que se metan en el baño. Nadie lo nota. Piensan que son unos billetes extraviados, plata perdida en un descuido involuntario. A Rudy no volví a verlo. No creo que haya sido por lo del dinero. Lo nuestro ya estaba terminado.

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Cristina Civale

(Argentina)

 

 

4月22日

LA MONA LISA


La opción sexual de Jerónimo (Nimo, le llamamos en el barrio) son las monas. Chimpancés, para más señas. Es por ello que Nimo vive desde hace mucho, a la espera de tiempos más propicios, enclaustrado en un armario infecto atiborrado de ropa demodé, periódicos viejos, y recortes de números atrasados del National Geographic. Cuenta una y otra vez que sueña con un naufragio en la costa de Marfil. Que en ese accidente pierde a su madre, con la que viaja rumbo a Sudáfrica. En fin, que sobrevive de los nueve a los quince años como un tarzán adolescente, pero a lo bestia bestia, apareado con una chimpancé en la selva. -A falta de una criatura de mi raza, -nos dice con mal disimulado pesar. -Nimo: cuando el instinto aprieta, no hay barreras que valgan-, le ríen algunos desaprensivos en el barrio, dándole unas palmaditas en el hombro. Los vecinos venimos escuchándole este rollo, por lástima, desde que alquilara el sexto derecha.

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Les cuento. Hace seis años, Nimo amaneció un mañana con una expresión risueña en su rostro. Días atrás se personó en el portal un aspirante a político de progreso, con vistas de futuro. El tipo había oído la llamada del poder con la noticia de la curiosa opción sexual de nuestro vecino, y no tardó en acudir a conocerlo. A.G. -iniciales de aquél candidato al poder-, sí creyó a Nimo. O, al menos, le hizo creer que le creía. Le alentó a romper con su complejo de hombre raro, degenerado, perverso, con discursos del siguiente tenor: -La zoofilia es una inclinación natural del ser humano hacia sus semejantes menos evolucionados. No podemos reprimirnos ningún deseo por imperativo de ninguna ciega ley evolutiva, moral caduca, o creencia subyugante. Nimo: ¿Qué culpa tienen los monos de haber quedado atrás en el arduo e implacable camino del progreso? ¿Qué méritos, salvo los causados por circunstancias medioambientales favorables, podemos atribuirnos los
humanos?-. Etc., etc. Aleccionamiento que levantó el ánimo caído de Nimo. A.G. apostó fuerte, muy fuerte, regalándole a su pupilo, al año siguiente, una chimpancé adulta. Se llamaba Lisa, por la mujer de aquél famoso cuadro renacentista. Estaba adiestrada. No era esta la palabra, -adiestrada-, la que utilizaba A.G. para referirse al pacifismo de la simia, sino -educada-.

La mona Lisa estaba educada. El caso es que un sábado por la mañana vimos a Nimo de paseo con la mona, vestida de vaqueros y chaquetilla de cuero, por el parque de las Nuevas Tecnologías, tres calles más abajo. Y desde entonces hasta la aciaga tarde del 7 de septiembre.

El gran día de la rueda de prensa, hace un par de años (lo recuerdan, ¿verdad?), y para que el país se enterase de la existencia de la singular pareja, fue todo un acontecimiento. Pero no sólo Nimo y Lisa tuvieron ocasión de comparecer ante las cámaras. Con el ruido de los flashes también se dio a conocer a la ciudadanía, entre divertida, temerosa y escéptica, un eufórico A.G.

Lo sorprendente -al menos sorprendente para mí- es que muy pocos fueron quienes pusieron reparos a esta relación bárbara. Eso dijeron los oráculos de las encuestas. La respuesta del gobierno a este dato fue el anuncio de un anteproyecto de ley para penar, hasta con cárcel, a quien discriminase, entorpeciera ofendiese, de palabra o sin ella, a parejas como la que hacían mis vecinos del sexto.

La tragedia sucedió, como les digo, el pasado 7 septiembre, cuando Juan Alonso, el del ático, subía en el ascensor. No iba solo. Con él viajaba Lisa, de regreso de sus ejercicios diarios. La mona bajaba a la calle con la complicidad de su- amante (amo, iba a decir) para estirar las extremidades en los árboles del bulevar. Nimo nos había pedido el favor a los vecinos de subirla al piso si coincidíamos con ella en el bajo. No le gustaban las escaleras. Lisa se confundía con los botones del ascensor, pero sabía abrir la puerta de su casa sin ayuda de nadie. Siempre portaba una llave en un bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Bien. No sé qué vio la bicha aquélla en Juan Alonso (qué fantasía sexual simiesca pasaría por su mente excitada), el caso es que se le abalanzó al cuello para morderlo con fruición. Juan se asustó, claro. El bueno de Juan sacó su navaja multiuso (es un apasionado del bricolaje) y, sin pensárselo dos veces, le insertó en la nuca de la mona, hasta el mango, la espiral del sacacorchos, matándola sin remedio.

La esperanza de Juan Alonso es que el -Anteproyecto de Ley para la Integración de Animales no Racionales en Núcleos Afectivos sin Distinción de Razas- no prospere. Aunque no sabemos: la oposición se muestra dubitativa a este respecto. Hay demasiados votos indecisos de por medio. Como salga adelante el susodicho y maldito anteproyecto, a Juan le juzgarán por homicidio y le meterán en prisión. Vaya que sí. La agravante es que Nimo padece una depresión insondable de la que no saldrá jamás. Se volverá loco. En la autopsia que le practicaron a la chimpancé resultó que estaba preñada. Se ha denunciado a un laboratorio por su implicación en la generación del engendro. Con las alas que le dieron entre todos al pobre Nimo

 

Francisco N.R.

 

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Que yo sepa... este relato no tiene moraleja...

pero...vaya usted a saber...


Que prolifera me he sentido hoy...

4月5日

LA RELIQUIA

Encontré la cabeza a esa hora incierta en que las playas aún están libres de bañistas. El mar, como de costumbre, ya había vomitado los desechos arrastrados el día anterior por el oleaje, y un reguero de algas, papeles plateados y paquetes de cigarrillos festoneaba el límite entre la arena húmeda y la arena seca.
    Me gusta caminar a esas horas por la playa desierta, cuando aún no la ha invadido la multitud de turistas que pagará al mar su nueva cuota de desperdicios. Cartones, botellas, tapas de gaseosas y envases de plástico forman un collage que parece una estilización de nuestras secreciones, una geología de la intimidad que adquiere otro relieve cuando se mezcla con las valvas, las conchillas, las plumas de gaviotas, los caparazones de cangrejo.
    La cabeza yacía en la arena húmeda, los ojos entornados y los labios entreabiertos en una mueca de perplejidad. Era calva y rugosa, una cabeza de viejo con ese dorado falso que se consigue con los bronceadores de mala calidad.
    Al principio pensé que era un bañista que se había enterrado en la arena y dormitaba bajo el sol tenue, observando igual que yo la espuma arremolinada en la punta del espigón, antes que un ejército de sombrillas ocupara ese mundo plácido. Después noté que junto a la cabeza no había ningún montículo, y comprendí que el cuerpo no estaba. Era simplemente un objeto más, olvidado entre los muchos residuos que la marea de turistas deja en la playa. Siempre recojo muestras de sus residuos, y sin vanidad puedo afirmar que poseo una colección de especímenes invalorables. Esa afición muere en otoño y renace a fines de primavera, pero aun en invierno la playa es mi retiro favorito, y entre las casillas desnudas me gusta meditar sobre la caducidad de las cosas humanas.
    Tomé la cabeza con cuidado, tratando de no despeinarle el pelo ralo y gris, y la llevé a casa envuelta en una manta de lona. La puse en un estante, entre una lata de cerveza oxidada y abollada y un pomo de bronceador vacío. La cabeza parecía más hermosa en mi pequeño museo, donde ocupaba un lugar distinguido y no estaba condenada a ser pisoteada o tapada con arena, como tantas otras reliquias que el público no valora. Noté que ahora los ojos estaban abiertos -eran grises, de un gris desleído como el pelo, tal vez porque el agua salada había corrompido el color- y parecían observar con interés esa casa desconocida. Pensé que no es justo olvidar entre desperdicios una cabeza que se ha llevado tanto tiempo sobre los hombros, aunque luego reflexioné que la injusticia había tenido su compensación: esos desperdicios configuran diseños hermosos así agrupados, y es mucho mejor formar parte de una colección de fósiles que soportar las ruindades de un cuerpo decadente.
    De un modo u otro la cabeza me despierta compasión, y no me desprendería de ella por nada del mundo. Me desvivo por cuidarla para que no se sienta desamparada, temiendo que extrañe la playa, su hábitat natural, y este lugar le parezca artificioso, indigno, sofocante. La rodeo con caracoles, tapas de plástico, colillas húmedas, le hago guirnaldas de cáscaras de naranja sucias de arena. Sé que es tímida y no me atrevo a preguntarle si se siente a gusto, pero por momentos, cuando la miro de reojo, creo sorprenderle en los ojos acuosos un destello de triunfo, y en los labios morados una sonrisa de complicidad.

 

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Carlos Gardini.

3月11日

DE BICHOS...

La gallina
–Declare el acusado su versión de los hechos –mandó el juez.
El escribiente, las manos en el teclado, transcribió los dichos de Agustín Sosa, residente en la ciudad de Melo, mayor de edad, de estado civil soltero, de profesión desocupado. El acusado no negó su responsabilidad en el delito que se le imputaba. Sí, él había estrangulado una gallina que no era de su propiedad.
–Si no mataba esa gallina, me moría de hambre –alegó.
Y concluyó: –Fue en defensa propia.

El león y la hiena

Los poetas y los artistas del pincel y del cincel aman desde siempre al león, que vibra en los himnos, flamea en las banderas y custodia castillos y ciudades, pero a nadie se le ha ocurrido nunca cantar a la hiena, ni inmortalizarla en la tela o el bronce. El león da nombre a santos y papas y emperadores y reyes y plebeyos, pero no hay noticia de que ninguna persona se haya llamado o se llame Hiena.
Según los estudiosos de la vida de los bichos, el león es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos. El macho se dedica a rugir. Las hembras se ocupan de conseguir la comida, un menú de cebras o venados, mientras el macho espera. Cuando la comida llega, el macho se sirve primero. De lo que sobra, comen las hembras. Y al final, si algo queda todavía en el plato, comen los cachorros. Si no queda nada, se joden.
La hiena, mamífero carnívoro de la familia de los hiénidos, tiene otras costumbres. Es el caballero quien trae la comida, y él come último, después de que se han servido los niños y las damas.
Para elogiar, decimos: Es un león. Y para insultar: Es una hiena. ¿De que se ríe la hiena? ¿Se ríe de nosotros?

E. Galeano.

Creo que de ahora en adelante me van a caer mejor las hienas...y peor los leones...


Me alegro…de verdad me alegro de haber decidido dar el paso y salir del circulo que yo misma me había impuesto, quizás por falta de tiempo, o de ganas, pero una vez traspasado el limite compruebo una vez más lo gratificante que resulta…he descubierto cosas interesantes que merecen la atención, al menos la mía. Realmente hay blogs o spaces, que son una autentica gozada y me alegro de haberlos encontrado..de haber tropezados con ellos, muchas veces saltando de unos a otros…que no conocía, que había visto en otros que visito pero que nunca había sentido deseos de ir más allá, ahora he recuperado mi curiosidad…cuando empecé en este complejo mundillo había otros que ya no están y fui restando viajes, me jodia cuando alguno bien creado y trabajado desaparecía…con otros me llene de desencanto y así fui reduciendo, haciendo el circulo más pequeño, quizás para no involucrarme y perjudicarme emocionalmente más de la cuenta, por el acercamiento que supone el roce continuado…Ahora tengo una lista larga de buenos lugares, sé que no puedo ir cada día, pero eso ya no me importa tanto, sé que están ahí y puedo gozar de su lectura, aprender y divertirme que de eso se trata…

 

A veces me olvido que las puertas también se abren hacia afuera…

 

 

2月27日

EL AMANTE....

Nunca antes una mujer me había llamado tanto la atención. Pretendí que no era cierto, pero antes de que me diera cuenta me encontré regresando sobre mis pasos hasta que estuve de nuevo frente a ella. Había algo en su rostro, algo que me sedujo, algo como el silencioso reflejo de una pena. No supe por qué se encontraba allí. No anduve hurgando en su interior para saber razones.

Sin poder resistir el trazo suave con que dejaba que el frío le ganara el cuerpo, la subí a mi auto. Nos dirigimos rumbo a mi casa y durante el trayecto su peso se recostó contra mi hombro.

Sus ojos color miel permanecieron fijos en algún lugar del techo mientras preparé la cena. Le conté del barrio donde nací, de mis estudios —tan inútiles como mis sueños— y también de mi gusto por coleccionar latas de cerveza. Le mostré mi última adquisición: un envase traído del Asia. Le conté los detalles con tanto entusiasmo que hice variados ademanes hasta que mis dedos le acariciaron el rostro y le obligaron una sonrisa.

Cautivo de sus labios, la besé. Apreté su cuerpo contra el mío hasta que sus pezones endurecidos se clavaron en mi pecho. Terminé haciéndole el amor furiosamente, como un lobo encadenado y sin consuelo.

A la madrugada, ellos nos interrumpieron el descanso. Fue horrible. Los policías patearon la puerta y traían sus armas en la mano. Quise detenerlos pero era tarde. Sabían mi nombre y al parecer alguien me había visto cuando la subí a ella al auto. Me tiraron al suelo y me amenazaron. Afirmaron que ella estaba muerta. La miré nuevamente y volví a sentir que era bella como un ángel.

—Los ángeles no mueren, sólo duermen profundamente —grité entristecido, sabiendo que no entenderían.

Cuando tomaron su cuerpo para subirlo a una ambulancia me alteré y me golpearon.

Han pasado los años y no la olvido. No puedo entender qué pasó. Era la primera vez que me ocurría una cosa así en todos los años que trabajé en la morgue.

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Recuperaciones del 1er.blog.